Recordando a p. Bernard Atendido

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Recordando a p. Bernard Atendido

Publicado con todos los permisos correspondientes. Traducción p. Ricardo Alcocer, HSMI

Queridos hermanos,

la experiencia que vivimos el pasado 20 de junio, a las 13:00, y que todavía estamos sufriendo, es la separación, la consternación, el desgarro: p. Bernard Atendido fue llamado a dar su vida. Fue una laceración de la que ha fluido tanto dolor.

La inteligencia y el corazón se niegan a aceptar la evidencia y gritan con fuerza esa pregunta que nos martilla y nos quita la serenidad y la paz: ¿Por qué? ¿Por qué Señor? ¿Por qué, precisamente él, en un momento en que cualquier otra cosa se podía pensar, cualquier otra cosa se podía esperar? Tú que has conocido el dolor, Tú a quien le quitaron la vida en la cruz, ¿dónde estabas cuando toda nuestra Congregación se dirigió a ti en ferviente oración y te pidió que sanaras a nuestro hermano menor?

¿Dónde estabas Señor? ¿Por qué lo has permitido? ¿Es conveniente para ti? Son tan pocos tus ministros en esta tierra… Con tanto entusiasmo trabajaba para ti y el pueblo de Dios le seguía con cariño y estima, podía haberse entregado por muchos años más a la causa de tu Reino aquí en la tierra. ¿De qué te sirve llevártelo al cielo?

Estas son las preguntas, interrogantes y reflexiones angustiosas que todos nos estamos haciendo. ¡Necesitamos entender, para superarlo, te necesitamos, Señor! Sé que no hay una respuesta adecuada a estas preguntas y me niego a pensar que tú, el Dios de la vida, lo querías contigo, en el cielo, por capricho o porque eres un Dios paranoico envidioso de nuestra libertad, que quieres honor y respeto, dictador solitario y neurótico.

Aquel porqué dicho de mil maneras, entre lágrimas y sollozos, no tendrá respuesta sino en la Palabra, en particular la pronunciada por el mismo Señor en el Evangelio de Juan: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees tú esto?" (Jn 11, 25-26). Precisamente esta palabra me salió al encuentro, mientras reflexionaba y luchaba con mis pensamientos -como muchos de nosotros, me imagino- y el susurro de Tu voz, oh Señor, me consolaba y alumbraba.

Las otras palabras, las palabras de la vida terrena, no nos consuelan; no nos brindan esperanza ni siquiera aquellas palabras que entregan la continuación de una vida al mero recuerdo de los seres queridos, ni aquellas que callan ante el final, pensando que la muerte lo pulveriza todo. ¿Es posible que en un instante se desvanezcan para siempre proyectos, sacrificios, deseos, sueños? ¿Es posible que en un instante se aniquilen el amor recibido y ofrecido, las alegrías y los impulsos de la existencia de un sacerdote? ¿Es posible que una enfermedad tan repentina pueda borrar para siempre la vida prometedora de un consagrado todavía joven?

Nosotros sentimos que si nuestra existencia terminara con la muerte, si nuestras esperanzas estuvieran destinadas a la nada eterna, si nuestros pasos terrenales, muchas veces inciertos y fatigosos, se deslizaran en un oscuro abismo, toda la vida perdería sentido. No estamos dentro de un inmenso engaño, víctimas de un engranaje que gira sin sentido. Estamos dentro de un abrazo inmenso, el abrazo de un Padre que nos espera "para siempre", "en eterno", dándonos una vida sin fin.

Señor, te pedimos que nos comprendas, que nos escuches, que estés cerca de nosotros, así como estuviste cerca de Marta y María, por la muerte de su hermano Lázaro y por la pobre viuda de Naín, afligida por la muerte de su joven hijo. También a nosotros repítenos: "No lloren", a nosotros que quisiéramos aferrarnos a todo para no dejarnos arrebatar la presencia del P. Bernardo.

Todos hemos sufrido y estamos sufriendo. Sentimos un gran vacío, porque nuestro querido hermano ya no está. Y ese vacío no lo puede llenar nadie, porque ese era el lugar del P. Bernardo. Si por un lado esta reflexión nos hace sentir mal, por otro lado, si lo pensamos bien, también tiene un lado hermoso, porque este vacío nos permite tenerlo siempre con nosotros, recordarlo siempre, no olvidar nunca la vida que compartió con y por nosotros, por la Congregación, por la Iglesia.

Por eso, en primer lugar quisiera expresar el sentimiento de gratitud al Señor por el don del P. Bernardo, por su persona, por su vida de consagración en los votos religiosos, por su ministerio sacerdotal y por el bien con que ha colmado su existencia en los servicios y actividades que realizó magnánimamente por nuestra Congregación y por el pueblo de Dios encomendado a él.

Nació el 14 de junio de 1970 en Palanas, Masbate (Filipinas), hijo de Carlito y Amparo Pilejera, el primero de 6 hermanos (5 hermanos y 1 hermana); fue bautizado el 27 de junio del mismo año en la parroquia The Holy Name of Jesus en Palanas.

Se graduó en Educación Primaria en Southern University of Cebu City (Filipinas) en 1991 y el 27 de septiembre de 1993 ingresó a nuestro seminario en Manila.

El 21 de noviembre de 1994 comenzó su noviciado canónico en nuestra casa de formación en Poiano (VR), emitió sus votos de consagración el 11 de noviembre de 1995 y comenzó su currículo de estudios institucionales en la Pontificia Universidad Urbaniana en Roma.

Al finalizar sus estudios filosóficos, en 1997, realizó un año de Tirocinio en Manila, en nuestro seminario Fr. Joseph Frassinetti en Parañaque, como prefecto de disciplina. Renovó sus votos ad annum el 1 de noviembre de 1998, luego emitió su profesión perpetua el 1 de noviembre de 2000 y recibió los ministerios de lectorado y acolitado en 2001.

El 30 de junio de 2002 fue ordenado diácono en la parroquia de S. Paola Frassinetti en Fiumicino, por la imposición de manos y la oración consagratoria de Mons. Gino Reali, Obispo de Porto y Santa Rufina, y el 4 En enero de 2003 fue ordenado sacerdote en la parroquia del Holy Name of Jesus en Palanas, Masbate (Filipinas) por la imposición de manos y la oración consagratoria de Su Excelencia Monseñor Joel Bayon, Obispo de Masbate.

Inicialmente ocupó el cargo de vicario parroquial en la comunidad de SS. Nome di Maria (Cagliari) de 2003 a 2011, comprometiéndose en la gestión, a veces fatigosa, de la pastoral local y dedicándose con entusiasmo a la catequesis de los jóvenes y a la vida sacramental de la comunidad.

Luego fue llamado por obediencia a trasladarse a la parroquia de B. V. Maria Immacolata (Giustiniana, Roma), sirviendo al Señor y a la amada Congregación como vicario parroquial y ecónomo de 2012 a 2015.

Luego, en 2015, se le pidió servir a la comunidad de S. Maria Stella Maris (Fiumicino) como párroco, y fue nombrado superior en la misma comunidad religiosa a partir de 2019.

El padre Bernardo era una persona alegre, sonriente, luminosa, sensible, cordial, generosa. Amaba profundamente la vida y todas las cosas hermosas y saludables del vivir, aquellas que traen alegría. Tenía una habilidad innata para maravillarse con lo bueno y lo bello que encontraba. Amaba mucho a nuestra Congregación y seguía todas sus actividades con interés y alegre participación. Siempre estuvo feliz y complacido con su consagración religiosa y con su servicio a nuestro Instituto; lo demostró varias veces con su obediencia sin reservas y con su abandono confiado a lo que se le pedía, siempre muy respetuoso con los superiores locales y mayores. Así se expresaba: «Es una gran bendición para mí estar aquí entre los Hijos de Santa María Inmaculada. Ser miembro de la Congregación es un gran don de Dios» (Carta del 8 de septiembre de 1995); "¡Doy gracias al Señor que me ha donado esta vocación y me ha hecho encontrarme con esta familia religiosa de los Hijos de Santa María Inmaculada, a la que deseo ardientemente pertenecer para siempre!" (Carta del 12 de septiembre de 2000).

Fue agradable estar con él en fraternidad, siempre disponible para la comunión, el diálogo, la amistad. Tenía el don de acoger y escuchar a todos. Muchos han recordado episodios en los que felizmente se tomaba la molestia de acercarse, de comunicar simpatía, de escuchar y de comprender.

En los últimos tiempos, en varias ocasiones, ha compartido su alegría de estar al servicio de la comunidad de Stella Maris, a la que se dedicó sin escatimar esfuerzos y con gran generosidad: «Me interesa, quiero compartir, estoy atento, quiero acercarme, participar...», no se cansaba de repetir.

Siempre ha preferido y elegido la actitud de servicio, que surge del deseo sincero de comprender, de implicarse, de hacerse prójimo. Es una lección que espero no se pierda, más bien me gustaría que se convirtiera en un punto firme del estilo de todos los HSMI, especialmente de los jóvenes en formación, hacia los que siempre prestó especial atención y a los que la delicadeza y empatía del querido P. Bernard hará mucha falta.

… Tú, oh Señor, estabas cerca del P. Bernard justo cuando sus ojos se cerraban y la vida se le escapaba. Estuviste ahí para darle un abrazo tranquilizador, ¡estamos seguros! Tú estabas a su lado para que se sintiera como en casa, en tu casa de luz, belleza y paz.

Querido p. Bernardo todos queremos agradecerte el ministerio que has realizado entre nosotros y con nosotros. Has sabido caminar con los tiempos y con la gente. Aún en los últimos años en los que que has visto a nuestras comunidades cada vez más afectadas por grandes procesos culturales, sanitarios y sociales que ponen a prueba la fe, has sabido no rendirte y seguir con confianza y entusiasmo a donarte en el servicio hacia todos.

Desde el cielo, donde te confiamos a la misericordia del Padre, comienza una nueva etapa de tu ministerio, el de la intercesión que se fortalece con todas las voces de la Jerusalén celestial. Pide al buen Padre donar a nuestros jóvenes un alma dócil, valiente, disponible a su dulce invitación "ven y sígueme". Pide al Padre Santo, para todos nosotros HSMI, el consuelo en el trabajo apostólico, la protección de las angustias y preocupaciones, la confirmación en la fidelidad y la perseverancia, la alegría de pertenecer. Pídele al Padre Eterno para cada uno de tus hermanos la serena convivencia en fraternidad, la valentía de anunciar el Evangelio, la alegría del servicio a los jóvenes y a las vocaciones en la cotidianidad.

Que María Madre de Jesús y nuestra consoladora, que experimentó el dolor y la pérdida de su Hijo a los pies de la cruz, te reciba con amor de madre y te conduzca a su Hijo Jesús, en ese Reino de luz infinita donde no hay sufrimiento, llanto y luto, sino sólo paz por siempre.

¡Vive en Dios, querido P. Bernardo!

p. Roberto Amici

Superior General

Carta de la familia n.ro 65

Roma, 24 de junio del 2022

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